Mauricio Contreras Sánchez

Sesiones cargadas de sutilezas en la que conviene estar muy atento/a porque un gesto, mirada, movimiento del niño/a, nos puede dar la clave para entender el conflicto que está sufriendo. Las palabras a veces no funcionan, porque tampoco saben exactamente lo que les ocurre. Se proyectan a través de dibujos, juegos, muñecos, trabajos expresivos, corporales, teatrales…Es importante meterse de lleno en su mundo y en la actividad con ellos/as, porque si sienten que realmente estás entregándote, disfrutando y no evaluándoles, se sentirán en confianza para mostrarse tal y como son. Nuestros pequeños/as son maestros/as en detectar tu verdadera autenticidad y si finges, también lo notan. Tampoco mienten si no les gustas o si se aburren. Hay que  generar el ambiente necesario para explorar y poder hacer las preguntas que necesitamos y para escuchar sus demandas. Una conversación mientras se mantiene un juego de cartas o de pelota, hace desviar la atención directa del cara a cara, que puede resultar demasiado violenta para un niño/a. Hay que conocer sus tempos para adaptar la estructura de la sesión, buscamos dinamismo, combinando momentos de concentración, con otros más activos. Si la terapia se les hace demasiado larga y costosa, revisemos el ritmo. A veces también tendrá que ver con entrar en temas especialmente delicados o dolorosos. No hay que impacientarse, porque de algún modo acaba saliendo y quizá se pueden abordar más adelante. También es importante actuar y ensayar situaciones para generar en ellos herramientas de afrontamiento que les hagan perder miedos y ganar en confianza. Experimentar situaciones de éxito que refuercen su autoestima y también de frustración, que les ayuden a entender sus límites y aprender.

Los chicos/as son muy receptivos a los mensajes que les damos y, aunque a veces no lo parezca, se quedan con todo.